Archivos Mensuales: febrero 2012

La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega.

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La lechera. 1660-1661. Óleo sobre lienzo. 45,5 x 41 cm. Rijksmuseum. Amsterdam. Holanda

Nos encontramos en el siglo XVII, más concretamente en Delft.

Sí, os voy a hablar un poquito del realismo holandés, de la mano de un pintor, Jan Vermeer.

Quizá muchos hayáis escuchado hablar de él, sobre todo por la película de Peter Webber, inspirada en el libro de Tracy Chevalier “La joven de la Perla”, para los que os guste la lectura os lo recomiendo, ya que retrata fielmente el método de trabajo de este artista, y para los que prefiráis la película, he de decir que es bastante aproximada al libro.

Vermeer es considerado el mejor pintor costumbrista holandés. No fue reconocido en su tiempo, y permaneció en el olvido hasta finales del s. XIX. Tan sólo se le conocen 35 obras, y con un par de excepciones, trabajó siempre sobre el mismo tema, la esquina de una habitación con una única y exquisita observación de la organización del espacio, la luz, y las enigmáticas relaciones humanas. Observa atentamente el leve desenfoque general: selecciona emotivamente ese sobrecogedor instante en el que algo se anticipa pero que aún no se comprende plenamente se resuelva.

Sus obras requieren que la mirada individual y la imaginación aporten  lo que desean ver y sentir. Se trata de una creatividad perceptiva y poética y de una manipulación admirablemente hábil. Fuerza a la mirada a vagar por el juego de azules fríos y blancos, y amarillos sensuales.

Dama tocando el virginal de pie. 1673-75. Óleo sobre tela. 51,7 x 45,2 cm. National Gallery. Londres. Inglaterra.

El geógrafo. 1668-69. Óleo sobre tela. 52 x 45,5 cm. Städelsches Kunstinstitut. Francfort. Alemania.

Muchacha con turbante. 1665-1666. Óleo sobre lienzo. 44,5 x 39 cm. Museo Mauritshuis. La Haya. Holanda.

El oficial y la joven que ríe. 1658. Óleo sobre tela. 50,5 x 46 cm. The Frick Collection. Nueva York. Estados Unidos.

Alegoría de la pintura o Taller del artista. 1662-1665. Óleo sobre lienzo. 120 x 110 cm. Kunsthistorisches Museum. Viena. Austria.


Esta es una de las últimas y más ambiciosas obras de Vermeer. Opera en dos niveles, sobre la disposición del espacio de una forma sutil, y una compleja alegoría sobre el arte de pintar.

La fuente de luz  se esconde tras una pesada cortina que, echada hacia un lado, revela la obra del artista. Observa como Vermeer convierte los reflejos sobre la cortina y sobre las sillas en delicados abalorios de luz, como perlas.

La musa de la historia sostiene una trompeta, símbolo de la fama que puede alcanzar el artista. Tal vez Vermeer nos sugiere que la fama de un artista ya no se consigue a través de la pintura de la historia tradicional, sino que también se puede alcanzar con otros temas, como la pintura costumbrista.

La línea del borde de la mesa arrastra la mirada del espectador hacia el punto de  fuga, situado justo al extremo del mapa plegado.

Las vigas del techo crean una fuerte horizontalidad que es continuada por las barras que sujetan el mapa. La estructura subyacente de horizontales y verticales confiere al cuadro una impresión de estabilidad y calma.

La arruga vertical señala la frontera entre la Holanda protestante y el Flandes católico: este último estaba aún bajo el control político y la influencia cultural española.

El caballete del artista apunta con confianza hacia la nueva república holandesa.

El pintor no va vestido con las ropas de su tiempo, sino con un traje del s. XV. Se diría que Vermeer relaciona el arte de su época con el tiempo de los grandes maestros como Van Eyck Van der Weyden.

El candelabro está decorado con el águila de dos cabezas, símbolo de los Hasburgo, la familia real española. La falta de velas se refiere a su poder menguante.

La modelo representa  a Clío, musa de la historia, cuyos atributos son la corona de laurel y el libro en el que escribe los actos heroicos.

Pintar música. Del mundo visible a una sinfonía abstracta de colores.

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Pintura nº 199. 1914. Óleo sobre lienzo. 163 x 123 cm. Museo de Arte Moderno. New York. Estados Unidos.

Casi todas las entradas anteriores eran sobre cuadros más o menos conocidos, y con un tipo de temática que es más o menos comprensible para cualquier persona.

¿Pero que pasa con el arte de principios del siglo XX? Sí, esos cuadros llenos de manchas de colores, líneas, y casi ninguna figura apreciable. Ese tipo de arte que cuando lo vemos decimos “Bah, ¿Y esto es una obra de arte? ¡Si eso lo hace hasta mi sobrino!”

Para seguir leyendo este post, aconsejo que pongáis en vuestros altavoces, cascos o lo que sea, un acompañamiento de música clásica. Para los que no tengáis a mano os dejo este enlace: Mozart.

Bueno pues hoy voy a intentar acercaros a uno de esos artistas de los que es un poco enredada la  interpretación de sus obras.

El artista elegido ha sido Vassili Kandinsky  uno de los pioneros del movimiento moderno, y, según dicen, pintor del primer arte abstracto.

Trabajó lentamente a partir de obras figurativas cada vez más simples hasta llegar al abstracto hard-edge, pasando por abstracciones esquemáticas. Su personalidad era complicada y polifacética: cultivaba un acercamiento intelectual al arte en vez de instintivo, respaldado por muchos escritos teóricos, pero al mismo tiempo poseía una fuerte sensibilidad física hacia el color, que podía ver y también oír (fenómeno llamado sinestesia).

Grupo con crinolinas. 1909. Óleo sobrelienzo. 95,2 x 150,1 cm. Solomon R. Guggenheim Museum. Nueva York. Estados Unidos.

Grungasee en Marnau. 1909. Óleo sobre catón. 33 x 44.6 cm. Städtische Galerie im Lenbachhaus. Munich. Alemania.

Estudio para composición VII. 1913. Óleo sobre lienzo. 100 x 140 cm. Städtische Galerie im Lenbachhaus. Munich. Alemania.

Al acercarse a uno de sus cuadros, hay que dejar que ocupen todo el campo visual e intentar relajar la vista y la mente para que el color y las formas alcancen esa parte del cerebro que responde ante la música. No hay que analizarlos, sino flotar en su interior y dejarse llevar. Si nunca se ha mirado un cuadro de esta forma, puede ser una experiencia algo etraña, estimulante y emocional, pero se necesitará tiempo y paciencia.

Mancha roja II. 1921. Óleo sobre lienzo. 131 x 181 cm. Städtische Galerie im Lenbachhaus. Munich. Alemania.

El rojo fue descrito como  “un fuerte redoble”, mientras que el verde era “el sonido alternativo de un violín”.

Para Kandinsky, las líneas horizontales “eran frías y planas”, las verticales “cálidas, fuertes y amarillas”, y los ángulos rectos “fríos, controlados y rojos”.

El artista contrasta líneas curvas “que son maduras” con las angulares “que son juveniles”.

Según la teoría de Kandinsky,  el amarillo posee la capacidad de “alcanzar alturas insoportables para la vista y el espíritu”

Un cuadro como este no debe ser analizado intelectualmente, sino que debe permitirse que llegue a las partes del cerebro que conectan con la música.

Espero que hayáis “comprendido” un poquito más, sobre la existencia de este tipo de arte.

Un genio demuestra que lo es a través de su obra

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Autorretrato.  1562. Óleo sobre lienzo. 96 x 75 cm. Gemäldegalerie. Berlín. Alemania.

Tiziano Vecellio, más conocido por su nombre de pila, fue el maestro supremo de la escuela veneciana, y puede decirse que el pintor más importante del Renacimiento y de todos los tiempos. Probablemente fue alumno de Giovanni Bellini y también trabajó con Giorgione. Es uno de los pocos pintores cuya reputación nunca ha quedado eclipsada o se ha pasado por alto.

Tenía la milagrosa habilidad de pintar con ricos y suculentos colores, e innovaba constantemente con nuevos temas o brillantes reinterpretaciones.

Era un genio creando relaciones psicológicas entre las figuras para que el espacio entre ellas se lllenara de mensajes sin comunicar.

Se debe observar el lenguaje de los rostros y los cuerpos ; son retratos parecidos apasionantes. También la idealización y comprensión de los secretos ocultos de sus personajes, quizá era demasiado sabio o discreto para contar todo lo que sabía.

Los dioses y santos parecen tan humanos como divinos, y por lo tanto, comprensibles y cercanos.

Aquí os dejo una breve muestra de su pintura, para que veáis lo que os acabo de describir:

Carlos V. 1532-1533. Óleo sobre lienzo. 192 x 111 cm. Museo del Prado. Madrid.

La Madonna gitana. 1512. Óleo sobre tabla. 65,8 x 83,8 cm. Kunsthistorisches Museum. Viena. Austria.

Cristo y el cirineo. 1570. Lienzo. 67 x 77 cm. Museo del Prado. Madrid. España.

Noli me tangere. 1511-1512. Óleo sobre lienzo. 109 x 91 cm. The National Gallery. Londres. Inglaterra.

Alegoría del tiempo gobernado por la prudencia.  1565. Óleo sobre lienzo. 75,6 x 68,6 cm. The National Gallery. Londres. Inglaterra.

Y ahora os voy a explicar una obra más detalladamente. Esta obra se titula Baco y Ariadna. 

Baco y Ariadna. 1520-1522. Óleo sobre lienzo. 175 x 190 cm. The National Gallery. Londres. Inglaterra.

Tiziano escoge concentrarse en el electrizante momento en el que Ariadna, hija del rey de Creta, Minos, conoce a Baco, dios del vino, y se enamoran a primera vista. Más tarde se casarán, y a ella se le acabó concediendo la inmortalidad.

En el cuadro se aprecia la sensación primordial de caos en orden. Aunque la escena está atestada, Tiziano resuelve la composición con gran cuidado. La mano derecha de Baco está en el centro de la pintura, donde se cruzan las diagonales. Los danzantes están limitados a la parte inferior derecha. Baco y Ariadna ocupan el centro y la izquierda. Los pies de él siguen con sus compañeros, pero su cabeza y su corazón ya se han unido a Ariadna.

Después de enamorarse, Baco tomó la corona de Ariadna y la lanzó al cielo, donde se convirtió en la constelación Corona Boreal.

Ariadna ha sido abandonada por su amante, Teseo, a quién ayudó a escapar del laberinto del Minotauro.

El carro de Baco estaba tirado por leopardos, que representan su triunfante regreso tras la conquista de la India. Tiziano usó una licencia artística al emplear guepardos.

La figura musculosa que lucha contra unas serpientes se basa en la célebre estatua romana del sacerdote troyano  Laoconte. Descubierta esta estatua en 1506, y causó tal sensación que muchos artistas incorporaron referencias de ella en sus obras.

El nombre de Tiziano aparece en una urna en latín, en la esquina inferior izquierda. Fue uno de los primeros artistas en firmar sus obras y siempre intentó impulsar la posición social e intelectual de los pintores.

“Una mañana, uno de nosotros se quedo sin el negro, y fue el nacimiento del impresionismo.” A. Renoir.

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Baile en el Moulin de la Galette, Montmartre. Pierre-Auguste Renoir. 1876. Óleo sobre lienzo. 131 x 175 cm. Museo de Orsay. París.

 

Marcó el nacimiento de la pintura moderna. Nunca fue revolucionario de forma deliberada, su meta era retratar la inmediatez del mundo fielmente. Sin embargo, al ser algo accidental, producto de condiciones de luz transitorias y momentos al azar, dio lugar a un lenguaje pictórico diferente que inició el rechazo de la tradición naturalista que estableció el Renacimiento.

¿Sabéis ya de que estilo os estoy hablando?

Pues sí, las delicadas pinceladas de luz, como en un mosaico, y los colores brillantes que intentaban capturar un momento vislumbrado, definen de forma breve el impresionismo.

Predominan los temas aquí y ahora, ya fueran picnics, paseos en barca, naturalezas muertas, estaciones de tren, vistas urbanas o paisajes inundados de sol, vivos gracias al color. Aquí os muestro unos claros ejemplos:

 

Paseo por el Sena. Pierre-Auguste Renoir. 1879. Óleo sobre lienzo. The National Gallery. Londres. 

El paseo. Pierre-Auguste Renoir. 1870. Óleo sobre lienzo. The National Gallery. Edimburgo. Escocia.

Mujer con sombrilla en un jardín. Pierre-Auguste Renoir. 1873. Óleo sobre lienzo. 54,5 x 65 cm. Museo Thyssen-Bornemisza.

San Marcos. Pierre- Auguste Renoir. 1881. Óleo sobre lienzo. Minneapolis Institute of Arts. Estados Unidos. 

El impresionismo fue ridiculizado por estar “inacabado”. La crítica se quejaba de que los  temas eran triviales y la realización tosca. El almuerzo de los remeros  de Renoir, resume la destacada alegría de vivir de los impresionistas, que celebran sin disculparse los placeres de la juventud y el verano. No obstante, su logro más duradero fue combinar los imperativos visuales del impresionismo, sobre todo su pincelada temblorosa y ligera, con las tradiciones de la pintura figurativa europea. Sin embargo, su aparente espontaneidad era el producto de un concienzudo trabajo.

El almuerzo de los remeros. Pierre-Auguste Renoir. 1881. Óleo sobre lienzo. 129,5 x 172,7 cm. The Phillips Collection. Washington. Estados Unidos.

En este cuadro podemos distinguir a varios personajes. Por ejemplo, el hombre con el sombrero de paja que se nos muestra a la izquierda del cuadro era M. Fourniase, el dueño del restaurante.

En plena conversación vemos a  Gustave Caillebotte,  artista de talento.

En la esquina superior derecha podemos distinguir a Paul Lhote, que lleva quevedos, y flirtea con la actriz Jeanne Samary Este señor tenía una gran fama de mujeriego.

Mientras, el barón Raoul Barbier, intimo amigo de Renoir, charla con la hija del dueño, que está apoyada en la barandilla.

¡Oh Madre del Amor, Venus, divina!

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Venus. Pierre-Paul Prud’hon. 1810-1812. Tiza negra y blanca sobre papel. 60,9 x 45,2 cm. The National Gallery of Art. Washington. USA.

Con el post de ayer, dedicado a un cuadro de Sandro Botticelli, se me ocurrió una idea.

La mayoría conocerá una de sus obras más famosas, titulada El nacimiento de  Venus;  bien pues pensé ¿Porqué no mostrar como se ha pintado el nacimiento de Venus a través de las pinceladas de varios artistas en diversas épocas?

Para los que desconozcáis el mito aquí os dejo un enlace “El nacimiento de Venus”

Una de las  representaciones más conocidas hoy en día  es, efectivamente la de Sandro Botticelli.

El nacimiento de Venus. Sandro Botticelli.  1484-1485. Temple sobre lienzo. 172,5 x 278,5 cm. Galería de los Uffizi. Florencia. Italia.

Venus aparece en el centro de la composición sobre una enorme concha; sus largos cabellos rubios cubren sus partes íntimas mientras que con su brazo derecho trata de taparse el pecho, repitiendo una postura típica en las estatuas romanas de las Venus Púdicas. La figura blanquecina se acompaña de Céfiro, el dios del viento, junto a Aura, la diosa de la brisa, enlazados ambos personajes en un estrecho abrazo. En la zona terrestre encontramos a una de las Horas, las diosas de las estaciones, en concreto de la primavera, ya que lleva su manto decorado con motivos florales. La Hora espera a la diosa para arroparla con un manto también floreado; las rosas caen junto a Venus ya que la tradición dice que surgieron con ella. Técnicamente, Botticelli ha conseguido una figura magnífica aunque el modelado es algo duro, reforzando los contornos con una línea oscura, como si se tratara de una estatua clásica. De esta manera, el artista toma como referencia la Antigüedad a la hora de realizar sus trabajos. Los ropajes se pegan a los cuerpos, destacando todos y cada uno de los pliegues y los detalles. El resultado es sensacional pero las pinturas de Botticelli parecen algo frías e incluso primitivas.

El nacimiento de Venus. Cornelis de Vos. 1636/1637. Óleo sobre lienzo. 184 x 208 cm. Museo del Prado. Madrid. España.

Aquí podemos ver una composición totalmente diferente a la anterior,  secándose el pelo de marfil, acompañada de tres seres marinos y dos cupidos que la acompañan a tierra; tampoco va subida en la concha como en el primero ni tampoco hay figuras humanas.

El nacimiento de Venus. Alexandré Cabanel. 1863. Óleo sobre lienzo. 130 x 225 cm. Museo de Orsay. París. Francia.

La bella diosa se despereza en el agua, acompañada por una corte de amorcillos en escorzo; el cabello de Venus se extiende por buena parte de lienzo y crea un atractivo contraste entre el mar y la piel nacarada de su cuerpo. El dibujo es tan exquisito como el empleo del colorido, la luz y la minuciosidad de los detalles.

El nacimiento de Venus. Adolphe-William Bouguereau. 1879. Óleo sobre lienzo. 300 x 218 cm. Museo de Orsay. París. Francia.

La diosa de la belleza domina el centro de la composición, rodeada de tritones y nereidas que observan su nacimiento y acompañada de puttis en la parte superior de la composición.

El nacimiento de Venus. Odilon Redon. 1912. Óleo sobre tela. 21.6 x 16.5 cm. Colección particular.

En este caso, el autor, gran simbolista, se vale del color y de las líneas. Los colores son fuertes para resaltar lo sobrenatural. Está envuelta de una gran magia y misterio.

Primavera, princesa encantadora

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La Primavera. 1480-1482. Galería de los Uffizi. Florencia. Italia.

La Primavera nos muestra el jardín de Venus, la diosa del Amor. Desde 1434 hasta 1737, Florencia estuvo bajo el control de la famosa familia de los Médicis; probablemente Lorenzo de Pierfrancesco de Médici (1463-1503) encargó el cuadro para colgarlo en la habitación contigua a la cámara nupcial de su casa.

Sandro Botticelli fue el pintor florentino más importante de la segunda mitad del siglo XV. Su estilo refinado  y femenino agradó a  los intelectuales de Florencia en los agitados tiempos que vivían. Sus obras maestras fueron sus grandes pinturas mitológicas, con las que promovió un tipo de belleza muy particular, inspirada en lo divino, combinada con complejos referentes literarios.

Flora, diosa de las flores es la figura principal que aparece en el lado derecho del cuadro. Camina de puntillas sobre el prado florido: encaran la belleza y esparce flores alrededor suyo.

La figura azul con alas representa al dios del aire. Un fantasmal Céfiro , dios del viento del Oeste y heraldo de Venus, que persigue a su amante, Cloris.

Tras Flora, Botticelli muestra su noviazgo con Céfiro. Cuando este se enamoró de Cloris, persiguió a la ninfa, la tomó como esposa y la transformó así en la Diosa Flora. El artista muestra con ingenio como Flora emerge del cortejo.

Venus, en la zona central del cuadro, luce el tocado característico de las mujeres casadas de Florencia, y es una referencia al tema nupcial de la obra.

Mercurio, el mensajero de los dioses, está situado a la izquierda del cuadro, y usa su cadúceo (varita con serpientes entrelazadas) para separar las nubes y que, de este modo, nada amenace la primavera eterna del jardín de Venus.

Botticelli perfeccionó un estilo en el que el trazo preciso es primordial. Las manos entrelazadas, las vestimentas de pliegues intrincados y el cabello suelto de las tres gracias, demuestran su habilidad. Los rostros ovalados, largos cuellos, hombros inclinados, vientres curvados y tobillos esbeltos encarnan el ideal de belleza femenina en el Renacimiento florentino. 

La libertad no la tienen los que no tienen su sed

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Libertad guiando al pueblo. 1830. Museo del Louvre. París. Francia.

 

 

Pequeño en altura, pero grande en espíritu. Así es descrito en muchos libros Eugène Delacroix, orgulloso héroe del romanticismo francés.

Intentó escandalizar mediante sus temas poderosos y su enérgico estilo, y lo consiguió.

Usa el color como su medio principal de expresión: el color y el juego de la luz se recrean con la mirada, sin un foco o centro específico. Veremos en sus obras materiales y texturas magníficas, rojos pletóricos, y verdes muy vivos.  Escogió grandes temas románticos que tienen en común la emoción fanática mediante la sexualidad, la lucha y la muerte.

La obra que he elegido se titula Libertad guiando al pueblo, y conmemora la revuelta en París de julio de 1830, cuando los parisinos tomaron las calles durante tres días por motivo del tiránico régimen del rey Carlos X.

En un principio, aunque el artista tenía esperanzas en cuanto a la crítica de esta obra, el énfasis del proletariado se consideró tan peligroso que el cuadro fue retirado de la vista del público hasta 1855. El inusual empleo de los colores, muy apagados, ayuda a destacar el brillo de los tonos que impregnan la bandera.

 

 

La Libertad lleva un gorro frigio, símbolo de libertad durante la Revolución francesa. Las mujeres jugaron un rol muy importante en las luchas callejeras de esta revolución.

La bandera tricolor fue el símbolo de la Revolución de 1789, y Delacroix era consciente de que se asociaría con las glorias del imperio de Napoleón.

 

 

A la derechas de la Libertad se representa a un joven que personifica al héroe popular Arcole, que murió en las refriegas junto al Hôtel de Ville. En él se basa también el popular personaje de Gavroche en Los Miserables, de Víctor Hugo.

 

 

El artista nos muestra las víctimas de la batalla; sus rostros y cuerpos son reconocibles gracias al dramático halo de luz que brilla tras la Libertad. A la derecha yacen dos soldados, ya que muchos se negaron a disparan contra sus conciudadanos, y algunos se unieron a las filas rebeldes.

Un ciudadano agonizante se esfuerza por mirar a la Libertad por última vez. Su postura arqueada es un elemento crucial en la composición piramidal. Es significativo cómo el pintor repite los colores de la bandera en los trajes de este ciudadano.

 

 

De entre el humo de la pólvora podemos ver como sobresalen las torres de Notre-Dame. En una de ellas ondea la insignia tricolor.

La firma del artista está escrita en rojo con la fecha, 1830.

 

Hay que decir que es un cuadro de dimensiones monumentales ya que de alto tiene 3,30 metros y de largo llega a casi un metro más, siendo de 4,25 la medida exacta.