Entre escobas y aquelarres

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Magia ha habido siempre. El hombre, desde la prehistoria, ha pretendido conseguir por medios sobrenaturales aquello que no le era posible lograr por vías ordinarias. De esta mentalidad, del pensamiento mágico, surgió la hechicería, una serie de prácticas para obtener un beneficio o bien causar un maleficio a través de la invocación de fuerzas ocultas. Pero habría que llegar hasta el cristianismo para que naciese la brujería en sentido estricto. En esta variante de la hechicería no se invocaba a cualquier poder misterioso, se pactaba la asistencia de unos espíritus muy concretos, los infernales, generalmente representados en la figura de su príncipe, el demonio.

Brujas. Hans Baldung Grien. 1510. Grabado en madera. Germanisches Nationalmuseum, Nuremberg.

Cuatro Brujas. Alberto Durero. 1497. Copper engraving. 19 x 13,1 cm. Kupferstichkabinett Germanisches Nationalmuseum. Nuremberg. Alemania.

Lógicamente, la Iglesia condenaba estos rituales, que a menudo eran vestigios de paganismo. En la Biblia podemos encontrar escrito en el libro del Éxodo 22: 18-31: A la hechicera no dejarás viva”La brujería en consecuencia, fue perseguida a lo largo de toda la Edad Media, sin embargo, el auge de sus adeptos y de su represión tuvieron lugar en la Edad Moderna, un periodo supuestamente más racional. Este fenómeno cruento que suele denominarse la gran caza de brujas, obedeció a un impulso específico. Lo dio el Papa Inocencio VIII con la bula Summis desiderantes affectibus, en diciembre de 1484.

Como no, esto fue un motivo temático que algunos artistas retrataron en sus papeles o lienzos.

La bruja de noche visitando a las brujas de Laponia. John Heinrich Füssli.1796. Óleo sobre lienzo. 101,6 x 126,4 cm. The Metropolitan Museum of Art. New York. USA.

Aquelarre (El gran cabrón). Francisco de Goya. 1821-1823. Pintura mural pasada a lienzo. 140 x 438 cm. Museo del Prado. Madrid. España.
Aquelarre. Francisco de Goya. 1797-1798. Óleo sobre lienzo. 43,3 x 30,5 cm. Museo Lazaro Galdiano de Madrid. Madrid. España.
Escena de brujas. Francisco de Goya. 1798. Óleo sobre lienzo. 42 x 30 cm. Museo Lazaro Galdiano de Madrid. Madrid. España.

La realidad de la “hechicera” urbana de esta época era que mediaba en amores no correspondidos, adivinaba el futuro, curaba el mal de ojo y realizaba abortos. Algunas se dedicaban además a la prostitución y, las que eran demasiado mayores para ello, al proxenetismo. Como mucho pronunciaban fórmulas toscas o elaboraban recetas supuestamente mágicas. Jugaban con un punto a su favor, ya que la superstición dominaba esos tiempos.

Allá va eso. Francisco de Goya. 1796-1797. Sueño 5. Tinta de bugallas a pluma. 23.5 x 17.1 cm. Papel verjurado con filigrana: HC WEND & ZOONEN. Huella del cobre. Inscripción con tinta 5 // Sueño / Bruja maestra dando lecciones a su discipula del primer buelo. // Inscripción con lápiz negro Brujas en ensayo. Museo del Prado. Madrid. España.

Juana la bruja recogiendo leña. Jorge Apperley. 1929. Acuarela. 76 x 54 cm. Colección particular. Granada. España.

Lejos estaba la realidad de los legendarios aquelarres orgiásticos y las atrocidades diversas que se contaban a media voz, con pavor, en los caseríos y arrabales.

Pese a que la España de la Edad Moderna no experimentó la caza de brujas que llenó de horror Europa, sí presenció vidas destrozadas por denuncias falsas. Comunidades revueltas por el rencor, familias avergonzadas, hombres y sobre todo mujeres llevados injustamente a prisión, quemados para siempre en sociedad sin que hiciera falta una hoguera.

Fuente: Historia y Vida

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